Michelle y su asesino.

Esta es la historia de Michelle MacNamara y su asesino, Joseph James DeAngelo, más conocido como el Asesino del Estado Dorado. El nombre que Michelle le puso y a quien durante años investigó y persiguió, hasta costarle su vida.

Michelle era una brillante escritora y periodista que se especializó en informaciones sobre crímenes verdaderos. Esa predilección por estos temas comenzó tras el impacto que sufrió por la cercanía de un asesinato sin resolver, el de Kathleen Lombardo, ocurrido a tan solo dos calles de donde vivía de joven. Ese hecho le marcó para siempre y determinó su vocación entre investigadora y escritora. Michelle tenía una especialización en escritura creativa por la Universidad de Minnesota, y cuando finalizó decidió viajar a los Ángeles donde trabajaría como guionista de cine y televisión. En 2006 lanzó su blog “True Crime Diary”, exitoso trabajo y referente del estilo que más tarde plagarían la red, en él compartía con el público sus investigaciones periodísticas acerca de casos de asesinato no resueltos y además suponía una ventana de conexión con otros investigadores y civiles casuales, que aportaban pistas. Tal como ella misma exponía en su blog:

“True Crime Diary no tiene la intención de mirar hacia asesinos famosos del pasado, sino de investigar casos no resueltos y preguntarse, ¿quién fue?”.

Este trabajo llevó a Michelle a unirse a un panel informativo de crímenes junto al periodista Billy Jensen, en el que daban cabida tanto a las aportaciones de investigadores policiales como a personas de las redes sociales, enriqueciendo así datos e ideas creativas que daban luz daban sobre casos que aún permanecían ocultos. Siendo muy valorado también por los círculos policiales entre los que se ganó el respeto y el afecto. Siempre andaba tras la noticia, tras la pista y ofreciendo datos que apoyasen las investigaciones.

Michelle se casó con el actor y productor Patton Oswalt y era madre de una niña de siete años cuando falleció en el 2016 a los 47 años.

Tal y como declaraba su marido a The Guardian, no era solo una escritora o investigadora, era una narradora profunda, que impregnaba sus textos con sus emociones personales y vivencias diarias. Como decía su esposo, trataba de resolver problemas, y todos sus problemas eran personas”, “y entonces, ante un crimen, especialmente en uno sin resolver, era casi como si la escritora y su sensibilidad humanitaria, se sintieran ofendidas cuando no daban con la solución. Ella decía que tener toda esta tecnología, todas las pistas, toda información y sin embargo, no atraparlo era muy frustrante. ¿por qué? Se preguntaba. Tanto, que Oswalt decía, que para ella terminó alterándola profundamente”.

A Michelle, le obsesionaban tres criminales en concreto, D.B Cooper, El asesino del zodiaco, y su asesino favorito, Hasta entonces ese hombre había sido denominado al inicio por los policías como “El Violador del Área Este”, y más tarde como el “Auténtico Asaltador Nocturno”, Pero Michelle, le renombraría con el apelativo con el que hoy día se le conoce: El Asesino del Estado Dorado. Según ella, “cuando menos, el nombre es memorable” y respondía mejor a la extensión donde aparecieron sus víctimas, California.

Michelle trabajaba incansablemente y cada vez tenía más seguidores. Los meses previos a su muerte, los artículos de prensa en Los Angeles Magazine en relación al caso, le granjearon un contrato sustancioso para escribir una novela. Durante ese tiempo, ya no solo tenía que lidiar con todo su trabajo de investigación, periodismo, su blog… Además ahora estaba el libro. Y todo sin dejar de ser una madre abnegada, esposa y atenta hija, tal y como lo valoraba su marido. Ese tiempo fue agotador.

“Siento ahora Un grito permanentemente alojado en mi garganta”, escribía en un momento, en medio de sus muchas noches de insomnio estudiando brutales relatos de violencia y sangrientas fotos de la escena del crimen, una parte necesaria para el trabajo que amaba.

 

La figura de Michelle ha ido creciendo en estos años y vuelve a ser noticia, primero porque el pasado mes de Junio se sentó en el banquillo El Asesino del Estado Dorado, como por la serie documental que HBO está lanzando, basada en esta historia y en los artículos de Los Angeles Magazine y su libro acabado póstumamente

I´ll be gone in the darks, traducido al español como el asesino sin rostro y que se terminó gracias a la colaboración de Jensen, su esposo y el investigador Paul Haynes.

 

Ese criminal tiene el récord de 13 muertes y más de 50 violaciones en California en las décadas de los 70 hasta finales de los ochenta, cuando misteriosamente paró su actividad sin haber sido desvelada su identidad, algo que dejó a cientos de investigadores frustrados hasta que ella lo revivió.

 

El modus operandi de este hombre fue cambiando y creciendo en brutalidad a medida que perfeccionaba su estilo. Se había convertido en un auténtico asesino en serie, y Michelle se sumió en una carrera sin tregua tratando de encontrarle, hasta sus máximas consecuencias. Su propia muerte.

En sus escritos además relata con detalle cómo surge el patrón del asesino en serie y también pormenoriza cuáles eran las relaciones de los casos, pues al principio solo era un violador. Hecho que hizo perder muchas oportunidades y tiempo a los policías, quienes no pensaron que se trataba de la misma persona. DeAngelo pudo así ir esquivando la justicia durante tantos años. Eso y que jamás pudieron verle el rostro ninguna de sus víctimas. Se ocultaba tras un pasamontañas que sólo dejaba intuir sus rasgos y ver su ojos.

Sus datos ahora se iban sumando a los policiales y estos, junto a los obtenidos de fuentes civiles, convertidas en verdaderos especialistas, hicieron pensar que lo conseguirían, aunque muchas veces, la frustración hacía mella en ella y en el grupo y el desánimo se instalaba en ellos tras aparentes pistas que acababan en fiasco.

Así, poco a poco esa fiebre iba creciendo en ella y se hundía en una profunda depresión difícil de remontar cuando fallaban. Michelle empezó a consumir fármacos para sus diferentes subidas y bajadas.

En sus propias palabras buscaba “encontrar el ángulo que otros han pasado por alto: las actividades en internet eran reveladoras datos de un sospechoso, o ponían al alcance similitudes entre los casos que aún no se habían hecho públicos”

Michelle pasaba el día en una actividad frenética, la de madre y esposa, y la cambiaba durante la noche, robando horas al sueño que entregaba a su obsesión, encontrar a este criminal. Como decía ella, entre el Google Earth, tratando de situar una localización, o un detalle no visto, correspondencias con apoyos externos, círculos policiales. Detalles aquí y allá. Repasando incansablemente, buscando eso que desmadejase la historia.

¿por qué lo hizo, ¿quién era?, ¿por qué paró??? Esas eran preguntas como martillos sin respuesta, como los que usaba su asesino. Michelle murió justo un año antes de que pudieran ficharle.

Pero un día, un grupo policial tomó una vía de investigación digna de una serie exitosa de televisión.

“’Siempre atrapamos a los idiotas’, dicen los polis. Pueden marcar 99 de cada 100 casillas con esa clase de detenciones. Pero, no obstante, esta casilla sin marcar, pude sacarme de quicio hasta causarme una muerte prematura”. Decía Michelle unos meses antes.

 

Y es que esa lucha por encontrar al asesino y violador duró demasiado, décadas en los que un cúmulo de golpes de suerte, junto a la descoordinación policial y falta de medios, que además se iban reduciendo con el paso del tiempo, permitían que el asesino del Estado Dorado anduviera en la calle, hasta el 2018.

Al más puro estilo de “holivudiense”, siguieron el rastro de una página muy popular en estados unidos usaba para encontrar ancestros. En ella puedes enviar una muestra de tu ADN y conseguir tu árbol genealógico, entre los miles de datos que posee la web. Un investigador subió éste como propio y eso ayudó a ir perfilando al personaje a través conexiones con familiares lejanos que dieron con lo que parecía ser una identidad fiable.

Pero para Michelle ya era tarde.

Una mañana apareció muerta en su cama debido a una mezcla de medicamentos que unidos a una patología cardiaca desconocida para ella, causaron su final, considerada por su círculo como un daño colateral de este asesino.

Así lo relataba su esposo, quien declaró que a veces esa actividad la sacaba de la realidad y de la vida y que en muchas ocasiones, acudía eufórica en mitad de la noche hasta su almohada, para mostrarle algún nuevo dato que podría finalizar el caso pero siempre terminaba en fracaso.

Michelle parecía bruja. En sus más de 3.500 cuadernos amarillos que usaba para tomar notas escribió.

-“Un día, en una noche, sin que tú lo sepas, se acercarán a tu casa, estarán fuera esperándote y te encontrarán, decía. Te encontrarán”-.

Sí, le tenían ya localizado, como ella predijo. Pero había que estar seguros de que esos restos biológicos eran concluyentes. Actuaron cautelosamente. El cerco se cerraba ante un anciano que vivía en Sacramento y que además, concluía la investigación, habría ido pasando su vida, en todas las localizaciones donde se habían dado los diferentes casos. Pero lo que parecía blanco y en botella debía certificarse.

De incógnito tomaron huellas de ADN de la puerta de su coche, junto con un “kleanex” del que se deshizo. Eso ofreció a los agentes el resultado definitivo. Era él.

Joseph James DeAngelo, un especialista en escapar justo antes de que lo atraparan en la escena del crimen, ya había ocurrido en algunos de los episodios, cuando los agentes estuvieron a un tris de agarrarlo, pero esta vez, ese rostro, que siempre mantuvo oculto ante sus víctimas, no era ya una incógnita.

 

“El alcance de los crímenes de Joseph DeAngelo es simplemente asombroso” Dijo la acusación.

Los fiscales relataron una numerosa lista de detalles sádicos que cometía cuando entraba a las casas. Sorprendía a las parejas en la cama, les deslumbraba con una linterna en la cara y amenazaba con matar a todos, incluidos los niños pequeños, si no atendían sus órdenes.

El merodeador enmascarado, El Violador Del Área Este, El Asesino Del Estado Dorado, como Michelle lo llamaba. Al inicio de sus actividades se hacía pasar por un ladrón que quería dinero, así se ganaba la cooperación de sus aterrorizadas víctimas. Las ataba con tiras que él mismo llevaba, pero fue mejorando su método para desviar la atención policial. Ordenaba a las mujeres a que atasen a sus parejas boca abajo en la cama usando cordones de zapatos y apilaba platos en la espalda de los hombres amenazándolos de que serían asesinados si escuchaba los platos estrellarse durante las repetidas violaciones. Luego los mataba despiadadamente con un martillo.

 

Al principio sólo violaba, pero en algún punto determinó el asesinato como broche de oro de sus atrocidades.

Su última víctima fue en 1982 y después de eso desapareció. Se escurrió en un silencio que no podían entender dejando que el tiempo fuera acabando con la investigación y con su búsqueda, hasta que Michelle y su equipo se pusieron frenéticamente a removerlo. En ello siguieron durante 5 años.

Este aparente anciano inofensivo, el día que lo detuvieron estuvieron a punto de perderlo de nuevo. A sus 72 años, y dos días antes de sentarse en el juzgado a declarar, eludió a los policía huyendo en una motocicleta por la autopista. Apunto estuvo de lograrlo de nuevo. Pero esa mañana y solo dos días más tarde de su intento, se presentaba como abuelo casado, con nietos, con aparentes signos de confusión y desarrollando unas maravillosas artes interpretativas.

En 1979, fue la primera vez que se escabulló. Fue pillado infraganti robando en una tienda un martillo y un repelente de perros. Ahora todo es fácil de asociar, con el método que empleaba para entrar en las viviendas y matar. Pero en aquél momento, era un policía respetado al que solo le costó su puesto de trabajo. Fue expulsado del cuerpo de inmediato. Eso le quitó del objetivo policial

En el inicio del juicio el pasado 22 de junio, se veía a un viejito al que te daban ganas de cuidar. Con su careta plástica para dejar ver su cara ante las víctimas que por fin veían ese rostro y ante un numerosisimo grupo de público que obligados por la pandemia, tuvieron que situar en el mayor salón de Justicia de Sacramento para proteger las distancias.

 

En el juicio admitió su culpabilidad, tras haber pactado sus condiciones. Todo lo que dijo Joseph James DeAngelo ante las preguntas del juez, fue “sí” y “lo admito”

Morirá en la cárcel del condado sin haber pasado por un largo y costoso proceso que hubiera dilatado aún más el dolor a las víctimas que se presentaron como acusación.

Entre ellas no estaba Michelle.

 

Este depredador decía estar guiado por su alter-ego, un tal Jerry, del que decía estar poseído. “Él me hizo. El iba conmigo. Estaba en mi cabeza, quiero decir, él es parte de mí. No quería hacer esas cosas. Empujé a Jerry y tuve una vida feliz.

Sí, Hice todas esas cosas. Destruí todas sus vidas. Así que ahora tengo que pagar el precio ”

 

Durante el juicio también hubo una revelación de los detalles que hacían las víctimas sobre su agresor en la que todas coincidían. Tenía un pene pequeño.

 

Fue el único momento en el que hubo risas en la cara de las víctimas, en la suya no.

Lástima, dijo una de las agredidas, Michelle no lo vio.

 

Espero que te haya gustado este nuevo relato y si así fue, compartirlo sería genial para mi.

Deseo que esté muy bien y que este verano sea agradable para ti.

¡Un abrazo!

P. Paul

Fuentes y documentación:

 

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